Nos hizo un domingo precioso, y entre los peñascos que sobresalían al mirar a lo alto podíamos ver alguna rapaz planeando.
El principio del camino comenzaba en un amplio desfiladero por el que corría un pequeño arroyo.
En un punto del camino podían verse pinturas rupestres, aunque para ser sinceros, nosotros no conseguimos distinguir ninguna figura en la roca.
Poco a poco el agua fue cobrando más importancia en el recorrido y nos dejó atónitos con escenarios como este.
El agua era tan protagonista de este paisaje que para seguir avanzando era necesario pasar por unas pasarelas de madera.
¡Era algo mágico contemplar el río con este color esmeralda tan brillante!
En algunos puntos el agua se agolpaba formando pequeñas cascadas.
Realmente recomiendo visitar esta ruta durante la primavera, ya que en invierno es posible que el nivel del río no nos deje acceder por algunos tramos, y en verano hay mucho menos cauce. Así que sin duda, el otoño y la primavera tienen el caudal perfecto para visitar el Matarraña.
Algunos tramos del camino discurrían algo más alejados del agua, dejándonos explorar la vegetación y permitiéndonos refugiarnos del sol.
Allí pudimos encontrar algunas incipientes flores primaverales e incluso una curiosa hiedra con hojas en miniatura.
Nos topamos también con el reino animal: algunos reptiles aprovechaban las horas del medio día para solearse.
Simpáticos coleópteros como esta cicindela despistada e incluso un fémur de unos 20 cm fueron algunas sorpresas que nos encontramos en medio de nuestra travesía.
Pero el rumor del agua siempre nos acompañaba para guiar nuestros pasos y volver a encontrarnos con el Matarraña.
Y tras un par de horas de caminata nos encontramos en el tramo final de la ruta, en la que el camino se estrechaba y debimos hacer una pequeña escalada para sortear las grandes rocas del nacimiento del río.
A la vuelta, como soy pequeña, preferí colarme entre los huecos de las rocas en lugar de escalar para bajarlas.
Hacia estas horas del mediodía, el agua adquirió unos colores turquesas aun más bellos que por la mañana. ¡Era una gloria volver a recorrer aquellas pasarelas de madera!
A la ida, crucé el río en este punto por unas piedras en el agua. Pero a la vuelta me animé a cruzarlo por este tronco que hacía las veces de puente improvisado. ¡Fue divertido!
No fue tan divertido cuando unos metros más adelante me confié en un paso muy estrecho y mi pie fue a parar dentro del agua. Menos mal que el día era cálido y no fue molesto llevar la bota mojada el resto de camino de regreso.

De camino a casa, por la carretera que pasa cerca de Morella, las rapaces se despedían de nosotros recordándonos lo fantástico que había sido este fin de semana rodeados de naturaleza.
Os recomiendo muy mucho visitar Beceite y sus increíbles rutas.


